Vía Crucis: Benedicto XVI recuerda a los santos y mártires que se han dejado seducir por el misterio de la muerte de Cristo, único hombre en la historia que “ha cambiado el mundo, no matando a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz”

Viernes, 10 abr (RV).- El Santo Padre Benedicto XVI ha presidido hoy el Vía Crucis en el Coliseo al término del cual ha dirigido su palabra a los fieles impartiendo su Bendición Apostólica. Recorriendo la narración de la Pasión según san Marcos, el Papa ha recordado una vez más que Cristo murió en la cruz por amor, porque ha sido el único hombre en la historia de los tiempos que “ha cambiado el mundo, no matando a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz”.

En este sentido el Pontífice ha recordado a los hombres y mujeres que a lo largo de lo siglos se han dejado seducir por este misterio, siguiendo a Cristo, convirtiéndose en santos y mártires. Benedicto XVI ha invitado a los cristianos a contemplar el rostro de Cristo, para mañana, Sábado Santo, “velar orando con María, la Virgen de los Dolores, preparándonos para celebrar en la Vigilia Pascual, el prodigio de la resurrección del Señor”.


DISCURSO COMPLETO

Queridos hermanos y hermanas
Al terminar el relato dramático de la Pasión, anota el evangelista San Marcos: «El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”» (Mc 15,39). No deja de sorprendernos la profesión de fe de este soldado romano, que había asistido a la sucesión de las varias etapas de la crucifixión. Cuando la oscuridad de la noche estaba por caer sobre aquel Viernes único de la historia, cuando el sacrificio de la cruz ya se había consumado y los que estaban allí se apresuraban para poder celebrar la Pascua judía a tenor de lo prescrito, las pocas palabras, escuchadas de los labios de un comandante anónimo de la tropa romana, resuenan en el silencio ante aquella muerte tan singular. Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la ejecución de uno de tantos condenados a la pena capital, supo reconocer en aquel Hombre crucificado al Hijo de Dios, que expiraba en el más humillante abandono. Su fin ignominioso habría debido marcar el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Pero no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el «Hijo de Dios», como confesó el centurión «al ver cómo había expirado», en palabras del evangelista.

La profesión de fe de este soldado se repite cada vez que volvemos a escuchar el relato de la pasión según san Marcos. También nosotros esta noche, como él, nos detenemos a contemplar el rostro exánime del Crucificado, al final de este tradicional Via Crucis, que ha congregado, gracias a la transmisión radiotelevisiva, a mucha gente de todas partes el mundo. Hemos revivido el episodio trágico de un Hombre único en la historia de todos los tiempos, que ha cambiado el mundo no matando a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz. Este Hombre, uno de nosotros, que mientras es asesinado perdona a sus verdugos, es el «Hijo de Dios» que, como nos recuerda el apóstol Pablo, «no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo… se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).

La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad incluso en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios por cada uno de nosotros. Observa san Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor. A lo largo de los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres han quedado seducidos por este misterio y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los hermanos, como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica renovación espiritual y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en nuestra vida?

Detengámonos esta noche contemplando su rostro desfigurado: es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o sufriente, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras angustias.

Hermanos y hermanas, mientras se yergue la Cruz sobre el Gólgota, la mirada de nuestra fe se proyecta hacia el amanecer del Día nuevo y gustamos ya el gozo y el fulgor de la Pascua. «Si hemos muerto con Cristo –escribe san Pablo-, creemos que también viviremos con Él» (Rm 6,8). Con esta certeza, continuamos nuestro camino. Mañana, Sábado Santo, velaremos orando con María, la Virgen de los Dolores, preparándonos así para celebrar, en la solemne Vigilia Pascual, el prodigio de la resurrección del Señor.

Desde ahora, deseo a todos una feliz Pascua en la luz del Señor Resucitado.




Funeral por las víctimas del terremoto de Los Abruzos: Benedicto XVI transmite su dolor por la tragedia que ha asolado esta tierra y su certeza de que la solidaridad y el compromiso de todos hará que se superen estos momentos tan dolorosos

Viernes, 10 abr (RV).- Benedicto XVI hace llegar su ternura y afecto, compartiendo el dolor de los que lloran por el trágico terremoto en Los Abruzos. Su Secretario particular ha leído el mensaje del Papa, dando comienzo a la Misa exequial presidida por el cardenal Bertone, por 205, de los 289 fallecidos.

Con un mensaje de Benedicto XVI - trasmitiendo su cariño y ternura y compartiendo la angustia de cuantos lloran por el trágico terremoto en la región italiana de Los Abruzos – ha dado comienzo esta mañana la celebración eucarística extraordinaria de las exequias por 205, de los 289 fallecidos. El Secretario particular del Santo Padre, Mons. George Gäswein ha dado lectura a este mensaje: «En estas horas dramáticas, en que una inmensa tragedia ha asolado esta tierra, me siento espiritualmente presente en medio de vosotros para compartir vuestra angustia e implorar de Dios el reposo eterno para los fallecidos, el pronto restablecimiento para los heridos y para todos el ánimo de proseguir en la esperanza, sin desfallecer ante el desaliento».

Recordando que le ha pedido a su Secretario de Estado que presida esta celebración litúrgica extraordinaria, en la que la comunidad cristiana se ha abrazado en torno a sus difuntos, para darles el último saludo, el Papa ha encomendado tanto al cardenal Tarcisio Bertone, como a su Secretario particular, la tarea de llevar personalmente la expresión de su profunda participación en el luto de todos los que lloran por sus seres queridos, fallecidos en esta calamidad: «En momentos como éstos, como fuente de luz y de esperanza queda la fe, que precisamente en estos días nos habla del sufrimiento del Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros. Que su pasión, su muerte y su resurrección sean para todos manantial de consuelo y que abran el corazón de cada uno a la contemplación de aquella vida en la que ‘no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’ (Ap 21, 4)».

Con la certeza de que con el empeño de todos se puede hacer frente a las necesidades más urgentes, Benedicto XVI ha reiterado que ha seguido el desarrollo del devastador fenómeno telúrico, desde la primera sacudida del terremoto, que se sintió también en el Vaticano.

Y destacando la importancia de la creciente ola de solidaridad, gracias a la cual se fueron organizando los primeros auxilios, en vista de una acción cada vez más incisiva del estado, de las instituciones eclesiales y de privados, Benedicto XVI ha hecho hincapié en la necesidad de seguir en este empeño: «La Santa Sede tiene la intención de hacer lo que le corresponde, en unión con las parroquias, los institutos religiosos y las asociaciones laicales. Éste es el momento del compromiso, en sintonía con los organismos del estado, que ya están trabajando loablemente. Sólo la solidaridad puede consentir superar pruebas tan dolorosas». Luego, junto con su bendición, Benedicto XVI, ha encomendado a todos a la Madre de Dios: «Encomiendo a la Virgen Santa a las personas y a las familias envueltas en esta tragedia y, por medio de su maternal intercesión, ruego al Señor que enjugue toda lágrima y alivie toda herida, al tiempo que envío a cada uno una especial y consoladora Bendición Apostólica».

Después de leer este mensaje del Papa, su Secretario particular ha dicho que además de los óleos bendecidos, ayer, en la Misa Crismal, el Santo Padre ha enviado el cáliz para la celebración eucarística exequial, como homenaje y espiritual participación en estos momentos de dolor. Asimismo Benedicto XVI ha enviado un donativo especial para las necesidades más urgentes.

Y, con un gesto particular para los niños alojados en las tiendas, el Papa les hará llegar numerosos huevos de chocolate para el próximo Domingo de Pascua. Un comunicado de la Oficina Diocesana de Comunicaciones Sociales de L’Aquila señala que el Secretario particular de Benedicto XVI, en el momento de emprender su viaje de regreso a Roma le ha donado al arzobispo su reloj, en señal de amistad y cercanía. La información termina comunicando que la casulla morada que llevaba esta mañana el Cardenal Secretario de Estado del Papa ha sido donada por la Oficina de Celebraciones del Santo Padre al arzobispo Giuseppe Molinari.

También en su intensa homilía, el cardenal Tarcisio Bertone ha reiterado que Benedicto XVI ha estado, desde el primer momento - y sigue estando - al lado de estos hermanos y hermanas de Los Abruzos. Ante el enigma indescifrable de la muerte, ocasión preciosa para comprender cuál es el valor y el sentido verdadero de la vida, tocamos con mano que, aunque todo puede cesar, queda el amor. Queda sólo Dios que es Amor.

El amor que es la fuerza que vence todo, ha recordado el Cardenal Secretario de Estado de Benedicto XVI, exhortando a rogar a Jesús, que lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, «que nos ayude a transformar esta muerte en un acto de fe, de esperanza y de amor, amor que se hace compartir y fraternidad».

«Lo que nos mantiene unidos en esta hora de dolor – como pueblo en camino hacia la Eternidad – es el consuelo que nos viene de la fe, aquel dulce alivio que mana del encontrar el rostro del Hombre de la Cruz, aquella cercanía amorosa con todos los crucificados de la historia que están esperando la inauguración de la Jerusalén Celeste, donde todas las cosas encuentran su belleza originaria y donde todas las lágrimas serán enjugadas», ha hecho hincapié el Card. Bertone, que ha concluido su homilía alentando a los que sufren a reanudar el camino junto con María, Estrella de la Esperanza, «llevando juntos el dolor de la ausencia que no se puede colmar de los difuntos, con una presencia más asidua, fraterna y de amistad hacia sus familiares, que ahora son con mayor autenticidad ‘nuestras familias’, en la gran familia de los Hijos de Dios».

Fuente: Radio Vaticano

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